Cómo Dina Boluarte convive con país que la desaprueba
A pocos días de cumplir 10 meses en el cargo, Dina Boluarte es la presidente de un Perú mucho más polarizado y violento que hace un año: con acusaciones de violaciones de derechos humanos, la delincuencia en aumento y una economía estancada. Sin embargo, para el gobierno de Boluarte, el país crece y prospera. “Una etapa de pacificación”, lo llamó ella. A través de esa narrativa, la mandataria trata de cumplir con el deber de dirigir un país gigante y diverso como el nuestro, al mismo tiempo de salvar su propio cuello ante una población que la detesta.
Dina Boluarte es la legítima presidenta del Perú por sucesión constitucional, luego de que Pedro Castillo fuera destituido por intentar dar un golpe de Estado que fracasó estrepitosamente. Sus críticos más acérrimos repiten hasta el cansancio de que ella es una “usurpadora”, alimentado sobre todo por la narrativa del encarcelado Castillo. De hecho, en una reciente conferencia se autodenominó aún presidente del país. Nada más lejos de la realidad.
No obstante, a pesar de que la actual mandataria ha tratado de deslindar con su exjefe, donde fue ministra y vicepresidenta hasta 15 días antes del golpe, Boluarte sí ha demostrado ser la sucesora legítima del chotano: improvisada y autoritaria.
Desde que llegó al poder, pesan sobre la mandataria diversas denuncias de violaciones a los derechos humanos, especialmente, por la muerte de 49 civiles durante las protestas contra su gobierno. Las investigaciones, sobre todo periodísticas, dan cuenta de cómo el Ejército y la Policía Nacional dispararon a matar contra los manifestantes sin existir una amenaza inminente contra la vida de los efectivos. La mayoría de muertes se produjeron en la región de Ayacucho. La mandataria y su equipo intentaron vender el relato de que los manifestantes eran terroristas o delincuentes.
El problema para Boluarte es que ella, siendo jefa suprema de la Fuerzas Armadas y la Policía Nacional como indica la Constitución, estaba al tanto del accionar de las Fuerzas del Orden contra manifestantes y no hizo nada para evitarlo. De hecho, la presidenta intentó renunciar luego de los primeros muertos en diciembre del 2022; no obstante, como se supo luego, fue convencida de no hacerlo por el exministro del Interior y actual premier Alberto Otárola, como lo reveló el diario La República.
Para obtener mayor información sobre las muertes en protestas y el accionar de las Fuerzas del Orden, ver los reportajes “Radiografía de homicidios” (IDL Reporteros, 2023) y “La policía y el ejército de Perú usaron fuerza excesiva contra manifestantes” (The New York Times, 2023).
Ahora bien, la mandataria puede esquivar todos los problemas mencionados, con la ayuda de sus aliados en el Congreso de la República y la Fiscalía de la Nación, pero no puede pasar por alto algo más notorio: la hostilidad de un país. Según la encuesta de IPSOS de septiembre último, un 76% de los peruanos desaprueba la gestión de Boluarte y apenas un 16% la aprueba. Su predecesor, Pedro Castillo, terminó su mandato con un 27% de aprobación (Ipsos, 2022). Es decir, Castillo contó con un apoyo popular mayor que Boluarte.
En cada visita que realiza fuera de la capital es abucheada y recibe una manifestación en su contra, como fue el caso de su visita a inicios de septiembre a Pichanaki, en Chanchamayo (Junín), lugar donde murieron 2 adultos y un menor de 17 años durante las protestas de diciembre del 2022. En esa misma visita, Boluarte dijo: “A mi nadie me va a amedrentar con palabras como vienen diciendo: ‘Dina asesina’. Yo les respondo a aquellos que gritan esas palabras: ¿Quienes han matado a nuestros hermanos en esas violentas manifestaciones? Fueron ellos mismos, porque de esa manera querían doblegar a un gobierno constitucional, a un gobierno democrático. A ellos les digo: ‘no sigan matando el desarrollo de los pueblos’”.
Dina en Nueva York
Lo que pasó en la Asamblea General de las Naciones Unidas fue bastante vergonzoso para ella y el gobierno que lidera, como lo refleja la pobre agenda de reuniones que tuvo con otros líderes. De hecho, en un intento desesperado por maquillar el asunto, la cuenta oficial de Presidencia del Perú en Twitter publicó fotografías con diferentes presidentes y líderes, como Guillermo Lasso o Joe Biden, asegurando que la mandataria tuvo “reuniones” con ellos. Sin embargo, en la agenda oficial de los líderes mencionados no existe ningún encuentro con Dina Boluarte, por lo que la “reunión” no fue más que una foto y un apretón de manos.
La primera presidente mujer en la historia del Perú debería ser un asunto de gran celebración dentro y fuera del país. El viaje de Dina Boluarte debería estar llena de réditos políticos y un gran homenaje por parte de los representantes de los países asistentes a esta reunión; sin embargo, Boluarte y su equipo demostraron ante todo el mundo lo qué significa realmente su gobierno: la desesperación por encontrar algún apoyo mientras se aferran al poder.
La presidente es consciente de las acusaciones y la impopularidad que posee, como lo demuestra sus famosas declaraciones; no obstante, demostró no estar dispuesta a responder por ello, alimentando una narrativa que funciona para los aliados del Gobierno. Pero no para el resto del país. Si bien Dina Boluarte se presentó como una mandataria conciliadora y dialogante (como lo demuestra su propuesta de adelanto de elecciones en diciembre del 2022), se ha olvidado de su deber y su responsabilidad. Ante esto, es claro que su futuro es incierto; sin embargo, su presente es claro para todos.
Irónicamente, si Castillo era un “presidente por accidente”, la mujer que lo sucedió es exactamente igual, solo que muy a la derecha. Una mujer que llegó al poder con una partido que se autodenomina de ideología marxista-leninista mariateguista, crítica al gobierno de Alberto Fujimori, y temerosa de la “oposición antidemocrática” que quería destituirla, es ahora una aliada acérrima de esos mismos. Como dice una frase popular: “Te convertiste en lo que juraste destruir”.
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